Había que seleccionar el vino para la graduación, no podíamos arriesgarnos a que una mala decisión arruine aquella ceremonia (al menos, valía como excusa). Así que en la promoción decidimos armar una comisión, comprar algunas botellas para degustar y decidir. Éramos diez, fuimos al supermercado y nos pusimos de acuerdo: cada uno compraría dos botellas de un tipo, vino blanco o champán, unos cien gramos de queso (para poder neutralizar el sabor entre botellas) y algo de pan.
En casa de Tito, ya con las botellas frías, comenzó el trabajo de selección. Era una tarde de noviembre y el clima era perfecto para la terraza junto a un jardín donde un par de poncianas nos protegían de la puesta del sol. Teníamos espumantes, tres versiones de Chardonnay, dos Sauvignon Blanc, alguien trajo un rosé a pesar de mi protesta. Eso sí: ningún tinto, que era lo que correspondía. Como buenos ingenieros nos asignamos números y un programa en la calculadora científica del Chato Mendiola nos ordenó aleatoriamente. Mis botellas serían las sextas; el Chato cerraría la cata. Fue él mismo quien propuso poner un poco de emoción al proceso:
—A quien le toque, al momento de presentar su elección, deberá contar algo que no sepamos de él. ¿Qué les parece?
Nos miramos entre todos con una mezcla de sorpresa y curiosidad, pero nadie se opuso. Yo comencé a pensar rápidamente en qué compartir que fuera inofensivo e interesante a la vez, y parecía que los demás estaban haciendo el mismo proceso mental. La curiosidad por conocer los secretos de los otros se imponía sobre el pudor.
Empezó Daniel. Descorchó sus botellas de Santa Elena, se sirvieron las copas, alzó la suya e hizo un brindis: “Por la mejor universidad del Perú”. Bebimos, calificamos el vino de uno a cinco (Tito llevaba el registro) y nos dispusimos a escuchar la primera confesión:
—Una vez invité a cenar a una profesora de facultad mientras estaba en su curso. Y ella aceptó.
Comenzaron a llover las preguntas, (“¿Qué profesora?”, “¿Qué más pasó?”, “¿Te subió la nota?”), pero el Chato Mendiola detuvo el interrogatorio:
—Amigos, hoy el acuerdo es compartir un secreto, nada más. Ya tendremos tiempo para que el morbo se manifieste en todo su esplendor.
Los comentarios continuaron por un momento, pero poco a poco se fueron silenciando. Comimos algo de queso y pan. Entonces Lorenzo descorchó su par, un espumante Valdivieso, y se levantó:
—Para impresionar a mi enamorada, una vez suplanté a su hermano en un examen de matemática básica en la San Martín.
Otra vez surgieron los rumores. Risas, pan y queso. Luego fue el turno del Lagarto Jiménez, con un par de Tacamas y un brindis por nuestros maestros, “a pesar de todo”:
—Si hablamos de impresionar, yo acompañé a la mía a la morgue de San Fernando para conseguir un cerebro. Tuvimos que sobornar al vigilante. Luego salimos y subimos a un microbus con esa masa encefálica en una bolsa dentro de mi mochila.
—¿Tienes una enamorada caníbal? —preguntó Daniel, ya alegrón, luego de la quinta botella.
—No seas idiota. Ella estudia psicología. Necesitaba el cerebro para un curso — fue su respuesta, envalentonado, provocando la risa de todos.
Así continuaron los brindis y las confesiones, mientras calificábamos los vinos. Nos enteramos de que Tito bailaba tango, que Pablo Huamán había sido modelo para pintar desnudos en Bellas Artes, que yo había sido profesor de religión en un colegio de mujeres, que en una noche de luna llena Beto Ruiz se había trepado a la Huaca de la Luna en las afueras de Trujillo, desnudo (“para sentir la energía de mis ancestros”) y que Tano Hidalgo guardaba en su casa un cáliz de la capilla de la universidad (“No es robo. Es para que me de buena suerte. Lo devolveré cuando me gradúe. Lo juro”). La idea del Chato Mendiola había provocado una catarsis inesperada.
—Gianmarco y yo nacimos en la misma clínica, el mismo día —dijo, penúltimo, Claudio Ríos, con una voz pastosa, seseando —. Así que es probable que se hayan equivocado de cuna y yo sea realmente Gianmarco. Puede que estén frente a un artista, muchachos.
Finalmente, fue el turno del Chato Mendiola. Esperó hasta que se apagaran las risas provocadas por el desvarío de Claudio. Entonces se levantó, descorchó un par de botellas de un espumante rosé que tenía el insolente nombre de El Chisme, recorrió con la vista toda la mesa y dijo solemnemente:
—Yo escribo cuentos inspirados en las confesiones de mis amigos.
Lima, Octubre del 2020




Yo soy un convencido de que viajar al pasado no es posible, porque eso significaría alterar la sucesión única de eventos que configuran nuestra existencia, borrándonos del universo. A menos que existan realidades paralelas, claro. Pero algo que sí hacemos con cierta frecuencia es plantearnos la pregunta de cómo sería nuestro mundo (el muy personal o quizás un poco más amplio) si algún evento hubiera ocurrido de una manera distinta: si tu padre no hubiera decidido emigrar, si decidías ir a clases en lugar de ver una película con la que sería la mujer de tu vida, si el jefe de tu abuelo no desobedecía una orden superior.
“He vuelto”, fue lo que pensé al salir del mar agitado y frío de Puerto Viejo, mientras dirigía mi mirada hacia el horizonte, donde suponía que debía encontrarse Indonesia. Eran los días previos al Año Nuevo del 2018, mi segunda semana de un retorno definitivo, luego de mi residencia de cuatro años en Asia. Simbólicamente las aguas de la playa de mi infancia recuperaban su lugar, cedido temporalmente al mar cálido del Indico en Bali y Lombok. Y volví a repetir esa frase cuando me detuve frente al imponente edificio centenario de la ferretería que fue de mi abuelo en la esquina de Próspero con Ricardo Palma, en Iquitos.

