La cata

Había que seleccionar el vino para la graduación, no podíamos arriesgarnos a que una mala decisión arruine aquella ceremonia (al menos, valía como excusa). Así que en la promoción decidimos armar una comisión, comprar algunas botellas para degustar y decidir. Éramos diez, fuimos al supermercado y nos pusimos de acuerdo: cada uno compraría dos botellas de un tipo, vino blanco o champán, unos cien gramos de queso (para poder neutralizar el sabor entre botellas) y algo de pan.
En casa de Tito, ya con las botellas frías, comenzó el trabajo de selección. Era una tarde de noviembre y el clima era perfecto para la terraza junto a un jardín donde un par de poncianas nos protegían de la puesta del sol. Teníamos espumantes, tres versiones de Chardonnay, dos Sauvignon Blanc, alguien trajo un rosé a pesar de mi protesta. Eso sí: ningún tinto, que era lo que correspondía. Como buenos ingenieros nos asignamos números y un programa en la calculadora científica del Chato Mendiola nos ordenó aleatoriamente. Mis botellas serían las sextas; el Chato cerraría la cata. Fue él mismo quien propuso poner un poco de emoción al proceso:
—A quien le toque, al momento de presentar su elección, deberá contar algo que no sepamos de él. ¿Qué les parece?
Nos miramos entre todos con una mezcla de sorpresa y curiosidad, pero nadie se opuso. Yo comencé a pensar rápidamente en qué compartir que fuera inofensivo e interesante a la vez, y parecía que los demás estaban haciendo el mismo proceso mental. La curiosidad por conocer los secretos de los otros se imponía sobre el pudor.
Empezó Daniel. Descorchó sus botellas de Santa Elena, se sirvieron las copas, alzó la suya e hizo un brindis: “Por la mejor universidad del Perú”. Bebimos, calificamos el vino de uno a cinco (Tito llevaba el registro) y nos dispusimos a escuchar la primera confesión:
—Una vez invité a cenar a una profesora de facultad mientras estaba en su curso. Y ella aceptó.
Comenzaron a llover las preguntas, (“¿Qué profesora?”, “¿Qué más pasó?”, “¿Te subió la nota?”), pero el Chato Mendiola detuvo el interrogatorio:
—Amigos, hoy el acuerdo es compartir un secreto, nada más. Ya tendremos tiempo para que el morbo se manifieste en todo su esplendor.
Los comentarios continuaron por un momento, pero poco a poco se fueron silenciando. Comimos algo de queso y pan. Entonces Lorenzo descorchó su par, un espumante Valdivieso, y se levantó:
—Para impresionar a mi enamorada, una vez suplanté a su hermano en un examen de matemática básica en la San Martín.
Otra vez surgieron los rumores. Risas, pan y queso. Luego fue el turno del Lagarto Jiménez, con un par de Tacamas y un brindis por nuestros maestros, “a pesar de todo”:
—Si hablamos de impresionar, yo acompañé a la mía a la morgue de San Fernando para conseguir un cerebro. Tuvimos que sobornar al vigilante. Luego salimos y subimos a un microbus con esa masa encefálica en una bolsa dentro de mi mochila.
—¿Tienes una enamorada caníbal? —preguntó Daniel, ya alegrón, luego de la quinta botella.
—No seas idiota. Ella estudia psicología. Necesitaba el cerebro para un curso — fue su respuesta, envalentonado, provocando la risa de todos.
Así continuaron los brindis y las confesiones, mientras calificábamos los vinos. Nos enteramos de que Tito bailaba tango, que Pablo Huamán había sido modelo para pintar desnudos en Bellas Artes, que yo había sido profesor de religión en un colegio de mujeres, que en una noche de luna llena Beto Ruiz se había trepado a la Huaca de la Luna en las afueras de Trujillo, desnudo (“para sentir la energía de mis ancestros”) y que Tano Hidalgo guardaba en su casa un cáliz de la capilla de la universidad (“No es robo. Es para que me de buena suerte. Lo devolveré cuando me gradúe. Lo juro”). La idea del Chato Mendiola había provocado una catarsis inesperada.
—Gianmarco y yo nacimos en la misma clínica, el mismo día —dijo, penúltimo, Claudio Ríos, con una voz pastosa, seseando —. Así que es probable que se hayan equivocado de cuna y yo sea realmente Gianmarco. Puede que estén frente a un artista, muchachos.
Finalmente, fue el turno del Chato Mendiola. Esperó hasta que se apagaran las risas provocadas por el desvarío de Claudio. Entonces se levantó, descorchó un par de botellas de un espumante rosé que tenía el insolente nombre de El Chisme, recorrió con la vista toda la mesa y dijo solemnemente:
—Yo escribo cuentos inspirados en las confesiones de mis amigos.

Lima, Octubre del 2020

La última noche

Segunda:

Comprendo su molestia señor; juro que hubiera querido evitarle esta incomodidad. Usted y su acompañante irradiaban un aura de dicha que no quería arruinar por un riesgo totalmente improbable y, debo decir, embarazoso para nosotros. Nuestro cóctel de cortesía, las copas exclusivas de cristal de Bohemia, el florero con rosas rojas, las velas, la mesa en un lugar discreto, todo calzaba a la perfección. Por eso no reaccioné, para no destruir ese instante en el que quizás ustedes estaban definiendo el curso de sus vidas. Y tiene usted razón: este pequeño incendio, el corte en un brazo de la dama y su terno arruinado con cera y licor, son el resultado de mi parálisis, de haber sobreestimado las habilidades de esa rata para cruzar entre los adornos de la viga sin perder el equilibrio y caer sobre la mesa.

Primera:

Al verla quedé deslumbrado: El vestido negro con brillos dorados, hasta las rodillas, el cabello suelto que llegaba hasta la mitad de la espalda, la piel canela con un pequeño tatuaje en forma de margarita en el brazo derecho. Pero sobre todo, unos ojos que parecían los de un águila, siempre atentos al menor detalle. En el camino conversamos sobre los compañeros de la oficina y la próxima visita de un gerente de Casa Central. Trivialidades.

En el restaurante nos dieron una ubicación inmejorable, en una esquina, con una luz muy tenue débilmente reforzada por las velas que, junto con un florero con dos rosas, completaban el adorno de nuestra mesa. Susana se veía animada, la conversación fluía sin dificultad. Nos habían servido el cóctel de la casa en sendas copas de cristal azulino donde Susana observaba divertida el reflejo de la llama.

De pronto, parecía que la magia estaba a punto de ocurrir. Susana levantó, su copa y sonrió radiante, bellísima. “Es ahora o nunca”, dije para mis adentros. Y entonces tomé mi copa, extendí mi mano libre y sostuve la suya sin que ella opusiera resistencia, me miró con esos ojos que para mí lo veían todo, anhelantes, aguardando que rompiera ese silencio. Entonces me animé a declararle mi amor, con unas palabras que había repetido un centenar de veces, solo frente al espejo:

— Susana, contigo siento que soy capaz de llevar al mundo sobre mis hombros y ser feliz. Quiero que seamos uno, el ying y el yang, que construyamos una eternidad para los dos. Te amo.

Pero antes de que pudiera emitir la primera sílaba, una rata cayó del techo, volteando la vela sobre el mantel que no tardó en encenderse. Susana soltó su copa, se hizo trizas y un pedazo del cristal azulino provocó un corte en el brazo de mi amada. Mi terno acabó apestando a licor. Alguien gritó, no sé si el animal, Susana o los tres, la rata huyó a la cocina y nunca más la vi.

A Susana, tampoco.

Tercera:

Iba a ser otra noche perfecta en el Mamma Rosy. Faroles adosados a las columnas de madera envejecida emitían la cantidad justa de luz para crear una atmósfera íntima, que entonaba con la vela y el florero que completaban la sobriedad del decorado de cada mesa. Vigas, también de madera, cruzaban el salón principal y sobre ellas Donna Rosa, la dueña, había colocado pequeñas vasijas de cerámica blanca con paisajes de intensos colores, típicas de su Toscana natal.

Cocineros y mozos trabajaban con una armonía que sólo se consigue con práctica, como en una orquesta. Desde la barra, Alfredo, el administrador, observaba cómo su equipo estaba ayudando a crear, como todas las noches, momentos especiales, ojalá que felices, quién sabe si únicos.

De pronto, una ligera sombra en el techo capturó su atención: Una mancha negra se desplazaba entre las vasijas de una de las vigas. No tardó en comprender que se trataba de una rata, que avanzaba sigilosamente con dirección a la cocina, procurando pasar desapercibida.

Por un segundo, Alfredo pensó en alertar a los clientes, pero inmediatamente reflexionó sobre el prestigio del Mamma Rosy: una alimaña en un restaurante es la clase de noticia que vuela y mata un negocio. Entonces se limitó a seguir la trayectoria del roedor confiando en su sigilo. Observó las tres mesas que estaban exactamente debajo de la malhadada viga, todas ocupadas por parejas. Durante una eternidad el animal pasó sobre las dos primeras con una destreza que hizo pensar con disgusto a Alfredo que no era la primera vez que usaba esa viga como puente. Sólo faltaba una mesa, donde una pareja joven estaba en la primera copa. Ella llevaba un vestido negro con puntos dorados que reflejaban sutilmente la luz de los faroles, mientras que el hombre vestía un terno cuyo color estaba entre el tabaco y el petróleo. Se miraban embelesados, tomados de la mano, con una copa en la otra, a punto de brindar.

A la rata le faltaban sólo dos vasijas y Alfredo, con los nervios de punta, la alentaba mentalmente a que llegara invicta a la meta. Pero algo pasó sobre la viga: el animal se sintió observado, titubeó, perdió el equilibrio y se desplomó como una piedra con pelos, cayendo directamente sobre la vela, lanzando un alarido que fue seguido por los de los novios. Alfredo, impotente, veía cómo se incendiaba el mantel, se caía el florero, las copas se hacían pedazos, un brazo de la mujer sufría un corte y el licor terminaba en los pantalones del novio. El animal, herido y chamuscado, huyó hacia la cocina perdiéndose de la vista de Alfredo, quien comenzaba a entender, resignado, que estaba siendo testigo de la última noche del Mamma Rosy.

Lima, Abril del 2020

La resonancia

Cuando se despertó eran como las seis de la mañana y el bus avanzaba sobre una cinta negra perfecta, sin curvas, que cruzaba un arenal difuso envuelto por una espesa camanchaca, señal de que Tacna no quedaba ya muy lejos. Alfredo se estiró, comprobó que nada había ocurrido con su mochila, abrió un paquete de galletas y lo acompañó con el último jugo de naranja. Lo etéreo del paisaje lo llevaba a retomar los pensamientos con los que se quedó dormido luego de tomarse lo que quedaba de la botella de pisco que había comprado en Ica.

Esperaba pronto tener señal para llamar o al menos dejar un mensaje a Claudia. ¿Fue buena idea declararse justo antes de asumir este trabajo como ingeniero en la construcción del nuevo hospital de Tacna? Cuando lo hizo parecía la mejor decisión, pero un viaje junto a un mochilero que no hablaba español le dio muchas horas para pensar y dudar. La quería (o creía quererle) y por eso mismo le parecía injusto condenarla a un novio ausente. Además, ¿podría él mantenerse firme sabiendo que la camaradería en la obra implicaba ciertas transgresiones? ¿Sería capaz de regresar airoso a Lima y mirarla a los ojos? De cualquier forma, habría mucho tiempo para pensar, por lo menos un mes antes de su primera semana libre. Así que por ahora tenía que enfocarse en su nuevo trabajo.

Al llegar a la ciudad se dirigió a la pensión que le habían recomendado en el centro, no lejos de la Avenida San Martín. Era domingo; al día siguiente debía presentarse en la obra. No quería dejar pasar ningún detalle, así que revisó todo lo que usaría al día siguiente: Las botas con punta de acero, perfectamente lustradas, el chaleco reflectivo que usaba como cábala desde la universidad, los anteojos de seguridad Bollé, regalo de un tío que vivía en Miami.

Faltaba el corte de cabello. La prolongada despedida en Lima le hizo olvidar que quería hacerlo antes viajar. No es que fuera una exigencia, pero le disgustaba cómo se veía cada vez que se quitaba el casco, especialmente en la zona de las patillas, donde los rulos castaños formaban un revoltijo delante de las orejas, lo que le recordaba a algún payaso de la niñez. La ciudad recién empezaba a activarse y decidió buscar alguna peluquería para zanjar ese tema de una vez y descansar el resto del día. Antes llamó a Claudia; la sintió tranquila aunque un poco cortante, quizás porque era domingo por la mañana o porque de repente ella, al igual que él, había empezado a hacerse preguntas incómodas. Se despidió con cautela y salió.

Eran como las diez. Alfredo encontró un local abierto en la calle General Deustua; era una construcción angosta, posiblemente centenaria, con el típico techo de mojinete que sólo había visto en el sur del Perú. No tenía clientes; lo recibió amablemente una señora que resultó ser la dueña. Le comentó que acababa de abrir, que normalmente los domingos eran un poco lentos y por eso sus ayudantes tenían permiso de llegar a las once, pero que ella prefería estar desde las diez para revisar que todo esté en orden y eventualmente atender a algún cliente “tempranero”, como él.

Era una mujer de unos cuarenta años, un poco más baja que su nuevo cliente, de piel ligeramente bronceada y cabellos largos teñidos de castaño con rayos dorados. Llevaba un mandil de trabajo que ocultaba su silueta. Alfredo vaciló por un instante, temiendo que un local vacío no fuera una buena elección para su primer corte de pelo en Tacna, pero le costaba articular un pretexto, así que terminó sentándose en una de las sillas frente al espejo que cubría completamente una de las paredes.

Se llamaba Amanda y tenía ese negocio hacía tres años. Cuando supo que Alfredo era de Lima comenzó a contarle que tenía una hija que estudiaba Agronomía, que había sido muy buena alumna en el colegio y que vivía con una tía en la capital. Estaba orgullosa de que la peluquería le permitiera pagar la universidad. Alfredo, por su parte, le contó que acababa de llegar para el proyecto del nuevo hospital, que estaba en una pensión no muy lejos y que al día siguiente empezaba a trabajar.

La conversación continuó. Alfredo le habló de Claudia; Amanda, sobre su marido que trabajaba en Cuajone y que seguramente le tocaba descanso la siguiente semana, “pero a veces tiene que reemplazar a alguien y posterga su bajada”. Ella doblaba en edad a su cliente, pero la charla estaba diluyendo esa diferencia. Era como si se hubieran encontrado en un punto medio, con un Alfredo diez años más maduro y una Amanda rejuvenecida una década. Cuando ella comenzó a bromear acerca de los rulos de Alfredo (“deben volver locas a las chicas”), él soltó una risa franca (“tú eres la primera que lo menciona”). Cuando cayó en cuenta que la estaba tuteando, Alfredo se puso serio y Amanda guardó silencio: jugaban con fuego.

Alfredo observaba inquieto el espejo, buscaba un punto en el infinito donde dirigir sus pensamientos pero rápidamente regresaba al rostro de la peluquera. Hubo un momento en que no pudo dejar de mirarla y parecía que ella lo sabía, en una sincronización que lo llevó a recordar la resonancia, ese fenómeno por el que un viento leve sobre un puente, es capaz de provocar vibraciones tan intensas que lo arrastran a su irremediable destrucción. Trataba de pensar en Claudia y no podía; detrás de él una mujer real parecía sonreírle, le acariciaba la cabeza mientras desplazaba la tijera entre sus mechones y él se preguntaba si sólo eran percepciones erróneas o si de verdad estaba recibiendo señales que su juventud aún no le permitía procesar completamente.

Amanda secó el cabello e hizo los últimos retoques. Cuando terminó, él se levantó de la silla torpemente, aturdido, pero pudo atinar a sacar del bolsillo un billete de veinte soles. Dudaba en dar propina porque quien le había atendido era la dueña; finalmente se abstuvo. Cuando lo iba a entregar, Amanda se acercó con una tijera pequeña y comenzó a retocarle las cejas. No se lo esperaba; era algo que jamás habían hecho con él, y para Alfredo fue inevitable fijar la mirada en los grandes ojos negros de Amanda, mientras sentía su respiración y la atmósfera de un perfume dulzón lo envolvía como el vaho de una fuente en ebullición. Estaba paralizado: el espesor de una hoja de papel era mayor que la distancia entre ambos cuerpos, por lo que un leve movimiento provocaría un contacto de consecuencias que Alfredo no había tenido tiempo de pensar. La decencia le aconsejaba mirar a la nada pero más pudo la serena sensualidad de la mujer, y en los eternos segundos que siguieron, exploró desvergonzadamente sus mejillas bronceadas, la nariz ligeramente aguileña y los labios pintados de fucsia pero que ya en ese momento podían ser de cualquier color y aún serían perfectos. Ella se sabía observada, pero no daba señales de incomodidad; por el contrario, prolongaba el acicalamiento como aguardando que Alfredo tomara una iniciativa distinta a la que se espera de un cliente. Un suspiro, un movimiento hacia adelante, un beso, algo que llevara las cejas a un segundo plano, que los secuestrara de sus vidas previsibles, de la novia en Lima y del esposo en Cuajone.

De pronto, una mujer y un niño entraron al local, y fue como si detuvieran esa brisa que provoca resonancias. Se sintieron descubiertos; Alfredo giró rápidamente la cabeza y sintió un leve tirón en la ceja derecha, pues Amanda se había quedado inmóvil, aún con la tijera. Luego, ella retrocedió un paso, mientras él se reconectaba con la realidad. Recordó el billete, extendió la mano, lo entregó esbozando una leve sonrisa. Ella lo recibió con un “gracias” apenas perceptible: eran los ojos los que gritaban, transmitiendo a la vez una profunda melancolía. El comprendió (creyó comprender) el mensaje silencioso de la mujer, se dirigió hacia la puerta y la cruzó por última vez.

Lima, abril del 2020

El Búfalo

IMG_0960

– ¿Recuerdas a Satya? – Me preguntó Subandi, mientras desayunábamos en el comedor de la mina.
– ¿El Jefe de Seguridad de la planta concentradora? Claro, ayer no me dejó ingresar porque no tenía puestos los lentes de seguridad cuando iba a inspeccionar el molino. “Maaf Pak Elmer, son las reglas. Además, estoy cuidando tu vida”. Tuve que regresar a mi habitación; y en ir y venir perdí casi toda la mañana. ¿Qué pasó con él?
– Ayer, de regreso a su casa, al terminar una curva, un búfalo apareció de pronto, parado en medio de la pista. Aparentemente iba muy rápido y no tuvo tiempo de esquivarlo; su motocicleta se estrelló contra el animal. No llevaba casco. El impacto lo mató.
Subandi me miraba fijamente. Más que conmovido, parecía que me estudiaba, como un antropólogo aficionado, queriendo saber cuál era la reacción de un extranjero, un bule, ante una muerte tan absurda.
– ¿No llevaba casco? – Comenté, y una mueca que imitaba una sonrisa se insinuó en el rostro de mi amigo. – Satya se ganaba el sueldo cuidando que nadie entrara a su santuario sin los implementos de seguridad adecuados. ¿Y me dices que se estampó contra un búfalo por hacer exactamente lo contrario?
– Fuera de la mina seguimos siendo nosotros, Pak. – Respondió Subandi, triunfante, como si hubiera adivinado mi comentario. – Quizás se olvidó el casco como tú los lentes, pero allá afuera él es su propio jefe y la policía aquí en Benete no te molesta como en Yakarta, así que decidió ir a su casa antes del anochecer. Además, sólo Alá conoce el día de tu muerte, ¿no es verdad?
Me quedé pensativo, procesando el fatalismo de Subandi, esa convicción de que, a pesar de todo lo que avancemos, la naturaleza humana siempre encontrará cómo dispararse en el pie.
Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí, – murmuré casi para mis adentros.
– ¿Qué?
– Nada. Sólo me acordé de un amigo.

Lima, Abril del 2020

 

La clase de español

lobo y corderoHace unos años, estando en Yakarta, fui invitado a la clase de español en el colegio australiano donde estudiaban mis hijos. El profesor, Mr. Moreno, hijo de madre javanesa y padre gallego, me pidió que compartiera un par de horas con sus alumnos de bachillerato. Su idea era que practicaran diálogos cotidianos conmigo, simulando a que yo era un conductor de taxi o un mozo de un restaurante de comida mexicana.

Yo sabía que el nivel que tenían de castellano era muy básico (de hecho, nunca pude tener una conversación muy extensa ni con Mr. Moreno) y por lo tanto su idea no iba a ir mucho más lejos de “lléveme al aeropuerto” o “la cuenta, por favor”. Yo quería ayudar, pero estaba convencido de que el aprendizaje de este idioma era una batalla perdida, así que decidí darle un giro al tema.

Pensaba que, tratándose de chicos australianos, filipinos, malasios, indonesios, ingleses, coreanos, era una oportunidad para conversarles un poquito sobre literatura latinoamericana, acercándoles a autores de un mundo que no les era familiar. Optimistamente me imaginaba que, si les gustaba lo que les presentaba, podrían eventualmente buscarlo en sus propios idiomas. “Por último, que lean a Vallejo, aunque sea en tagálog, pero que lo lean”, pensaba.

A Mr. Moreno le interesó la idea, así que me puse a buscar algunas narraciones breves de escritores latinoamericanos que, por su extensión, pudieran ser leídas de principio a fin por estos chicos. Terminé con una selección de tres páginas que empezaba con El dinosaurio de Monterroso. La lista incluía a Cortázar, Vallejo, Borges, Benedetti, Paz, además de otros autores menos conocidos, al menos para mi, como Wilfredo Machado, Gabriel Jiménez, Juan Rivera y David Sánchez. No esperaba leer en clase más que dos o tres cuentos, pero, quién sabe, de repente por ahí alguien se animaba a seguir la aventura por su cuenta, incluso utilizando el traductor de Google.

En el aula las carpetas se dispusieron en media luna. Tras una presentación de Mr. Moreno y una breve explicación mía (en inglés) sobre las diversas influencias del español (donde los chicos musulmanes quedaron particularmente sorprendidos por el origen de la palabra “ojalá”) pasamos a la separata. Una de las muchachas leyó en voz alta el primer cuento (“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”) y tras el desconcierto inicial por lo breve y ambiguo del texto, los chicos hicieron gala de una fascinante variedad de enfoques: alguien afirmaba que era la historia de un cavernícola, otro pensaba en una pesadilla que se materializaba al despertar, y no faltó quien opinara que el animal representaba los prejuicios sociales que se resisten a desaparecer.

El resto de las dos horas transcurrió con la misma dinámica: yo sugería un texto, uno o dos de los chicos lo leía en español, confirmábamos en inglés que estuviera completamente comprendido y luego lo analizábamos. La clase sobre cómo pedir una enchilada se había transformado en un conversatorio sobre autores latinoamericanos. Y yo estaba más feliz que perro con dos colas.

Hasta que pasamos a Wilfredo Machado.

En mi afán de ubicar historias breves e incluir autores de varios países, me había topado con este escritor venezolano, al cual leía por primera vez y de quien incluí su texto titulado Colmillos:

“Nadie se imagina que los lobos aman a los corderos con su amor desmedido y extraño que sólo puede ser expresado a dentelladas”. Uno de los chicos (filipino, si la memoria no me falla) lo tomó como un comentario irónico, como una descripción en tono de humor negro de lo que ocurre entre estos animales. Yo lo reforcé diciendo que, de alguna forma, esa era una situación habitual en el mundo salvaje.

Fue entonces que una de las alumnas tomó la palabra. Por el acento me pareció australiana. Ella se levantó, miró a todos, dudó un poco pero luego dijo con firmeza: “Es una una relación donde un hombre agrede a una mujer porque no sabe amar de otra manera”.

Se hizo un silencio incómodo en la clase. La interpretación era tan sólida que sentí que al seleccionar ese cuento involuntariamente había llegado a un tema complicado. ¿Estaba esta niña aludiendo a un problema personal, estaba compartiendo un caso que ella conocía o se trataba más bien de agudeza en el análisis? No me correspondía a mí buscar las respuestas y confiaba en que Mr. Moreno hubiera tomado nota de la situación. Por mi parte, reconocí que era una interpretación válida que demostraba cómo la literatura atravesaba barreras culturales, que uno podía reconocer problemas que no eran exclusivos de un grupo; y que aprender un idioma era en definitiva la expansión de nuestro propio universo.

Poco después la clase terminó. Compartimos burritos que trajeron de un restaurante mexicano (parece que algunos albergaban la esperanza de verme disfrazado de mozo), me despedí de los chicos y de Mr. Moreno y regresé a mi oficina , con sentimientos encontrados de satisfacción y frustración.

No fue exactamente como me lo esperaba, pero en perspectiva creo que esta experiencia no pudo ser mejor, pues el curso de español se alejó de la banalidad de un turista promedio. Lo que ocurrió ahí me hizo pensar que la buena literatura debe ser como el mar: te sumerges, nadas un poco, tomas confianza y de pronto ¡zas! una ola te revuelca, te desconcierta, quedas fascinado, y ya no quieres salir. Ojalá que estos chicos lo vean así y algún día decidan continuar esta exploración de autores latinoamericanos que empezaron una mañana en Indonesia.

Pero además, nos recuerda que la literatura es también un vehículo para visibilizar situaciones incómodas. Porque esta relación de lobos y corderos existe en el mundo animal, pero si se da entre seres humanos se trata de una distorsión que lastima y que debe denunciarse porque el amor no se puede expresar a dentelladas.

Lima, Marzo del 2019

Una lección de historia

Graf SpeeYo soy un convencido de que viajar al pasado no es posible, porque eso significaría alterar la sucesión única de eventos que configuran nuestra existencia, borrándonos del universo. A menos que existan realidades paralelas, claro. Pero algo que sí hacemos con cierta frecuencia es plantearnos la pregunta de cómo sería nuestro mundo (el muy personal o quizás un poco más amplio) si algún evento hubiera ocurrido de una manera distinta: si tu padre no hubiera decidido emigrar, si decidías ir a clases en lugar de ver una película con la que sería la mujer de tu vida, si el jefe de tu abuelo no desobedecía una orden superior.
Como el abuelo de Karl.
En unos de mis viajes de trabajo llegué a Surakarta o Solo, una ciudad en el centro de la isla indonesia de Java, famosa por ser la capital de los textiles pintados a mano conocidos como batik, y por su carpintería fina. Yo tenía que visitar unos ingenios azucareros y me había alojado en el Novotel de la ciudad.
Aquella vez, luego de la cena, fui a echar un vistazo al bar del hotel. Un grupo compuesto por cuatro músicos y un vocalista presentaban con gran entusiasmo canciones en inglés y en indonesio. Al dirigir mi mirada a la audiencia, no encontré más que a un hombre sentado frente a la barra. Era un muchacho de contextura gruesa, rostro colorado, casi calvo, con una abundante barba rojiza. Apuraba un vaso de cerveza mientras miraba permanentemente hacia la puerta, esperando que alguien entrara para dejar de ser el único comensal. Cuando me vio, esbozó una sonrisa mientras alzaba su vaso en señal de saludo. Me acerqué a la barra, saludé a la bartender (una bella javanesa de piel canela), me ubiqué en la barra y pedí una bebida.
Sa llamaba Karl y era comerciante de muebles. Estaba en Solo para visitar a sus proveedores con los que abastecía proyectos de lujo en Alemania. Era visitante habitual de esta ciudad, y ya se había rendido en su búsqueda de algo más interesante que estar en ese bar (salvo el Par Four, un local a dos cuadras, administrado por un americano y su esposa indonesia y que era frecuentado por ingenieros que suministraban equipos a las plantas textiles de la zona). Vivía en Hamburgo, pero viajaba a Indonesia por lo menos cuatro veces al año, siempre reservando un fin de semana para quedarse en Bali antes de volver al hemisferio norte.
Hasta ese momento la fisonomía, el nombre y el domicilio me llevaban a la aparentemente inequívoca conclusión de que estaba conversando con un alemán. Por eso, cuando le comenté que yo era peruano, grande fue mi sorpresa cuando me respondió en un español gutural: “Yo soy argentino”. Luego, hizo una pausa, me miró con la gravedad de quien va a emitir una sentencia y agregó: “Mi abuelo fue sobreviviente del Graf Spee”.
Corría diciembre de 1939. Era el cuarto mes de la Segunda Guerra Mundial; luego de la caída de Varsovia, Europa había entrado en una extraña situación de parálisis y era el Atlántico el escenario más activo. Gran Bretaña necesitaba alimentos, armas, insumos que eran enviados desde sus aliados y colonias, un esfuerzo que estaba siendo eficazmente saboteado por la Kriegsmarine, en particular el Admiral Graf Spee, un acorazado de bolsillo bajo el mando del Capitán de Navío Hans Langsdorff, un oficial de carrera, veterano de la Primera Guerra Mundial, leal a su patria aunque con poca estima por los nazis.
El Graf Spee tenia la misión de interceptar y hundir embarcaciones que llevaran suministros al enemigo, previa confiscación de la carga. Además Langsdorff era muy escrupuloso en preservar la vida de la tripulación de los barcos capturados. La maniobrabilidad de esta nave, sumada a la astucia de su comandante, se convirtieron rápidamente en una pesadilla para la Royal Navy, que veía con creciente preocupación cómo se afectaban las líneas de suministro británicas, evidenciadas en el hundimiento de nueve embarcaciones. Por esa razón se había encomendado a los cruceros Ajax, Achilles y Exeter dar con el paradero del acorazado alemán y destruirlo. El almirante Henry Harwood, a cargo de la flotilla de cruceros británicos, sospechaba que el acorazado alemán habría enrumbado hacia el sur con el aparente propósito de interceptar cargueros con carne y granos, antes de navegar hacia el puerto de Kiel y pasar las Navidades y por ello había quedado expectante en la cercanía de la desembocadura del Río de la Plata.
Al amanecer del 13 de diciembre de 1939, frente a Punta del Este, se confirmó la intuición de Harwood, enfrentándose finalmente el Graf Spee contra los cruceros británicos. Luego de poco más de hora y media de combate el navío alemán había conseguido poner fuera de combate al Exeter y dejar bastante maltrechos al Ajax y al Achilles. Sin embargo, también había sufrido daños importantes, por lo que Langsdorff tomó la decisión de dirigirse al puerto de Montevideo. Había terminado la Batalla del Río de la Plata, el último enfrentamiento  puramente naval de la historia.
“Mi abuelo trabajaba en la cocina del Graf Spee – me cuenta Karl -. Había salido ileso del combate pero, al igual que a sus camaradas, le inquietaba los posibles escenarios que tenían por delante. Uruguay era un país neutral y ello obligaba, por la Convención de La Haya, a zarpar en no más de 72 horas o el barco sería internado y se sospechaba que entonces terminaría en manos británicas. Por otro lado corrían rumores que varias naves inglesas se dirigían al Atlántico Sur para destruir al Graf Spee ni bien zarpara. Desde Berlín la orden era salir a luchar, pero en tales circunstancias eso significaba una muerte segura.”
“Langsdorff toma una decisión dramática. El 17 de diciembre ordena secretamente la destrucción de los equipos más importantes del acorazado. Al día siguiente la mayor parte de la tripulación es trasladada a embarcaciones argentinas con el fin de llegar a Buenos Aires, una ciudad menos hostil hacia los alemanes. Mi abuelo va en ese grupo; intuye que algo grave está por ocurrir mientras se aleja del barco que fue su hogar durante cinco meses. Entonces, ve cómo el Graf Spee maniobra hacia la salida del puerto de Montevideo, y al llegar a aguas más profundas, una serie de inesperadas explosiones se suceden en el interior del buque provocando su hundimiento. Dos días después, Langsdorff se suicidaría en un hotel de Buenos Aires.”
Los ojos enrojecidos de Karl me hacen imaginar la intensidad con la que su abuelo ha debido contar esta historia, una y otra vez. La guerra, sin embargo, no terminó ahí. Al igual que muchos camaradas, pudo retornar a Alemania y terminó re-enlistado. Al culminar la guerra decidió volver a la Argentina, cerca de los restos de su barco y su comandante.
“La tumba de mi abuelo no está lejos de la de Langsdorff, en el cementerio de La Chacarita, en Buenos Aires. Yo visito ambas por los menos una vez al año. Yo, amigo mío, existo gracias a la decisión que un oficial alemán tomó hace casi ochenta años, de desobedecer las órdenes de su comando, salvando así a su tripulación, aunque le costara la vida.”
Karl de pronto se levanta, saca un billete de cien mil rupias, lo pone sobre la mesa, y abandona el bar sin despedirse. Poco después me dirijo a mi habitación y busco en internet referencias de la historia que acabo de escuchar. Primero encuentro fotos del Graf Spee, luego me intereso por el rostro de Langsdorff y finalmente por una imagen de su tumba. Y apago la luz.
Lima, Julio del 2018

Blasfemia y Manipulación

AhokUna de las razones que me animaron a volver a escribir fue conocer del intento del congresista Carlos Tubino por promover una ley buscando proteger la libertad religiosa, abriendo la puerta a que todo aquel que se sienta ofendido por expresiones contrarias a su fe pueda elevar una denuncia que eventualmente podría llevar al supuesto ofensor a la cárcel. Eso me recordó el caso de Basuki Tjahaja Purnama (foto), el ex gobernador de Yakarta, más conocido como Ahok, actualmente purgando prisión por el delito de blasfemia.

La historia se enmarca en la última campaña para elegir al gobernador (alcalde) de Yakarta. Ahok, en ese momento el gobernador en funciones, buscaba continuar en el cargo. De acuerdo con la acusación, durante un discurso en la isla de Pramuka en setiembre del 2016, Ahok expresó lo siguiente: “Ustedes han sido engañados por el verso 51 del Al-Maidah”. Se trataba de una referencia al quinto libro del Corán, específicamente al verso que dice “¡Creyentes! ¡No toméis como aliados a los judíos y a los cristianos! Son aliados unos de otros. Quien de vosotros se hace aliado de uno de ellos, se convierte en uno de ellos. Alá no guía al pueblo impío”. Siempre según la acusación, Ahok (un protestante descendiente de chinos) había dicho que el libro sagrado de los musulmanes mentía. En consecuencia, se configuraba el delito de blasfemia. En mayo del 2017 fue condenado a dos años de prisión efectiva.

A pesar de que el Sr. Tubino se resiste a plantear ejemplos concretos sobre la aplicación de la ley que promueve, tiendo a pensar que una situación de esta naturaleza (alguien ofendido por considerar que han insultado un libro sagrado para su colectividad religiosa) podría asumirse como un delito. Pero esta historia tiene claroscuros interesantes que voy a plantear desde mi conocimiento de la realidad de Indonesia.

El contexto

Cuando llego por primera vez a Yakarta en setiembre del 2017, me sorprendió que no se pudiera programar nada los viernes porque los hombres dejaban de trabajar para ir a la mezquita al mediodía. Que además, todas las oficinas y centros comerciales contaban con un salón para oración (Musholla) para hombres y otro para mujeres.

Concluí con simpleza que estaba en un país musulmán. Sin embargo, pronto aprendí que, si bien más del 85% de la población profesa esa religión, la nación reconoce oficialmente a cinco confesiones, incluyendo así a protestantes, católicos, hinduistas y budistas (eso sí, a no más de cinco; así que por ejemplo, los judíos o los ateos oficialmente no existen). Esto se refleja en los feriados oficiales, que incluyen tanto la celebración musulmana del Idul Fitri como el Viernes Santo católico, además de los años nuevos chino, musulmán e hindú. La religión es un elemento central en la vida de los indonesios, a tal punto que uno informa a qué confesión pertenece incluso para abrir una cuenta de banco. El 7% del país es protestante como Ahok.

A pesar de ser mayoría, el islam profesado en Indonesia es moderado, algo que el gobierno todavía muestra con orgullo, como una garantía de estabilidad; así se habla de un Islam Nusantara (o Islam del Archipiélago, haciendo referencia a la cualidad geográfica del país). Por ello, cuando uno camina por los centros comerciales de Yakarta lo normal es ver a la gente vistiendo a la usanza occidental, eso sí, con muchas mujeres musulmanas (aunque no la totalidad) cubriéndose el cabello con un velo (hijab), como resultado de una opción familiar (o personal) y no por una exigencia oficial.

Sin embargo, en los últimos años han comenzado a aparecer expresiones más conservadoras del Islam, en muchos casos por medio de escuelas coránicas financiadas por Arabia Saudita. La creciente influencia árabe se puede apreciar también en el diseño de las mezquitas que cada vez con más frecuencia copia diseños de Medio Oriente dejando de lado la arquitectura local. Las pujas entre liberales, moderados y conservadores no son pues privativas de la Iglesia Católica o los grupos evangélicos. Y como veremos más adelante, la búsqueda de espacios políticos tampoco.

Desde el punto de vista étnico, existe una gran diversidad, aunque el 55% se concentra en javaneses y sundaneses, ambos originarios de la isla de Java, la más importante del país. De las otras etnias, ninguna supera el 4%. Los indonesios de origen chino, conocidos vulgarmente como chindos, a pesar de ser casi tres millones, representan sólo el 1.2% de la población. Un dato importante: varios de los grupos económicos más importantes del país pertenecen a esta colectividad.

Ahok era por lo tanto, representante de minorías por partida doble. Este no es un dato menor para entender cómo llega a prisión.

Hagamos un poco de historia.

Sukarno, el líder carismático que encabezó el proceso independentista que llevó al nacimiento del nuevo país en 1945, fue uno de los impulsores del movimiento de los países No Alineados, junto con Tito, Nasser y Omar Torrijos. Mantuvo una postura crítica hacia los Estados Unidos y derivó en un acercamiento gradual hacia la Unión Soviética y China. Ya en la década de 1960 el Partido Comunista de Indonesia (PKI) llegó a ser uno de los más numerosos del mundo. Con la guerra en Vietnam en curso, el temor de una “marea roja” en el sudeste asiático era algo que se hacía cada vez más real desde la perspectiva de los norteamericanos.

Entonces ocurrieron hechos que aún son confusos. El 30 de setiembre de 1965 seis generales indonesios fueron secuestrados, torturados y ejecutados. Los autores decían ser de un movimiento clandestino que defendía a Sukarno y que quería eliminar supuestos militares golpistas pro-occidentales. Suharto, un general que dirigía a los reservistas, tomó control de esta situación, desarticuló el movimiento pero gradualmente se convirtió en el líder de facto del país, desplazando a Sukarno que poco pudo hacer. Así, el nuevo líder presentó a este crimen como parte de una iniciativa del PKI para cometer asesinatos en masa, algo que el partido negó infructuosamente. El PKI fue declarado ilegal, sus miembros y los familiares de éstos fueron perseguidos pare ser asesinados.

Se desconoce la cantidad de muertos, pero algunos estiman que se llegó a superar el millón de personas, configurándose un genocidio del que aún les cuesta hablar a los indonesios. Recuerdo, por ejemplo que en octubre del 2015 mi hija acudió al Festival de Escritores de Ubud en la isla de Bali; uno de los conservatorios versaba sobre los eventos del 1965, incluyendo la proyección de un aclamado documental sobre este tema, llamado The Look of Silence. Las autoridades locales amenazaron con no autorizar el Festival si no se cancelaba este evento.

Nota al margen: una muestra de lo que significó la masacre de 1965 como modelo de represión anticomunista fue la aparición de pintas con la frase “Yakarta viene” en las calles de Santiago en los días previos al golpe de Augusto Pinochet.

Sukarno, poco a poco fue perdiendo poder hasta ser completamente reemplazado por Suharto, quien fue oficialmente elegido presidente en 1968, quedándose en el cargo durante tres décadas. Es considerado uno de los gobernantes más corruptos de la historia, como parte de una lista en la que también figura un presidente peruano.

Los eventos de 1965 afectaron de manera especial a los chindos, pues se les acusaba de ser leales al Partido Comunista Chino, y por lo tanto traidores a la patria. Miles murieron, y si bien el número no fue proporcionalmente muy grande en comparación con el total, el impacto sobre esta colectividad dejó una huella imborrable, pues la motivación para estos asesinatos incluyó un criterio racial además del político.

Conforme Suharto ganaba poder, los chinos indonesios fueron experimentando diversas maneras de segregación. En 1966 las escuelas chinas fueron clausuradas; ese mismo año, los chinos fueron obligados a dejar de usar sus nombres y adoptar otros que suenen como si fueran indonesios. La mayoría de chinos indonesios adoptaron un perfil bajo y se dedicaron al comercio, evitando participar en la vida política del país. Sin embargo, no dejaron de ocurrir episodios de violencia, como el incendio de tiendas en Glodok en 1974, siguiendo a unas protestas contra la corrupción del régimen.

En 1998, luego de años de patente estabilidad, la crisis económica golpeó duramente el país, provocando la caída de Suharto. Una nueva ola de protestas terminó en ataques a comercios de ciudadanos de origen chino, a quienes se les volvió a acusar de acumular la riqueza del país. Un amigo de mi hijo nació en Singapur ese año, como efecto de esta nueva hola de racismo.

Afortunadamente, desde el regreso a la democracia, la situación se fue normalizando. El poder económico de la República Popular China y su acción mucho más activa en defensa de sus descendientes llevó a moderar el discurso. Además, capitales chinos empezaron a llegar al país, participando en grandes proyectos de inversión. El legado cultural de los descendientes de chinos es mostrado ahora con orgullo, el Año Nuevo Chino es todo un acontecimiento comercial, con feriado incluido. Sin embargo, muchas familias han desarrollado planes de escape, viviendo cerca al aeropuerto o en urbanizaciones frente al mar. Han enfrentado problemas muchas veces como para confiar que nunca más ocurrirán.

El año 2014 se llevaron a cabo elecciones generales en Indonesia. En ella participaron dos candidatos con perfiles diametralmente opuestos: Prabowo Subianto, un antiguo oficial del ejército que llegó a general durante el régimen de Suharto, y Joko Widodo, más conocido como Jokowi, un comerciante de muebles que había sido gobernador de la ciudad de Solo y que luego asumió ese cargo en Yakarta. Mientras Prabowo representaba el orden, Jokowi enarbolaba la bandera de la honestidad. Luego de una ardua disputa que incluyó acusaciones falsas de grupos conservadores de que Jokowi no era musulmán sino un “cristiano que no había salido del clóset”, el triunfo fue para el carpintero, representando un duro golpe para el establishment del país,

Volvamos a Ahok

Jokowi había ganado las elecciones para gobernador de Yakarta el 2012, llevando como segundo de su lista a Ahok. Al asumir la presidencia del país, éste toma su lugar en la dirección de la ciudad. Al igual que su mentor, insistió en luchar contra la corrupción, enfrentándose a grupos de poder acostumbrados a conseguir contratos a base de coimas. La ciudad, mostrando una apertura que presagiaba buenos vientos de madurez cívica y tolerancia, aprobaba su gestión y no daba importancia a sus orígenes étnicos ni a sus creencias, a pesar de algunas voces radicales. Cuando llegó el momento de renovar los cargos, postuló para continuar como gobernador. Ahí empezaron realmente los problemas.

Los otros dos candidatos eran musulmanes. Agus Yudhoyono, un joven militar retirado con estudios en Harvard, hijo del ex-presidente Susilo Bambang Yudhoyono, y Anies Baswedan, profesor universitario y ministro de educación durante el gobierno de Jokowi.

Grupos conservadores redoblaron la presión contra Ahok, cuya popularidad superaba la de sus contendores. El Frente de los Defensores Islámicos (IDF) insistía en que una ciudad de mayoría musulmana no podía ser gobernada por un kafir (un no musulmán). Por otro lado un general del ejército llegó a comentar que Ahok “debía conocer su lugar para que los chinos indonesios no afronten las consecuencias de su decisión”. Jokowi, por su parte, tomó distancia, invocó mesura pero evitó ser parte de la confrontación.

Ahok adoptó como símbolo de campaña una camisa a cuadros azules, rojos y blancos, la que se hizo muy popular y no era extraño verla en personas de diverso origen en los centros comerciales de Yakarta. Recuerdo una reunión con unos amigos indonesios donde una de las invitadas, activa miembro del comando de campaña, regaló bufandas tricolores a todos los asistentes. Era una campaña optimista, de gente convencida que apoyaba la modernidad y la lucha contra el oscurantismo.

Y llegó el fatídico 27 de diciembre del 2016 en Pramuka, un pequeño promontorio que forma parte de un archipiélago conocido como Pulau Seribu (Mil Islas) situado al norte de Yakarta. En este lugar, Ahok dio un discurso en el que acusó a ciertos grupos radicales que manipulaban el Corán para convencer que no se debía votar por él por no ser musulmán. “Ustedes han sido engañados por quienes hacen una cita incorrecta del verso 51 del Al-Maidah”, fue lo que realmente dijo. Pero un sujeto llamado Buni Yani grabó este discurso, alteró el video para dejar mal a Ahok y lo subió a Facebook. Algunos clérigos radicales, a pesar de saber que se basaban en información tergiversada, cargaron contra Ahok y ejercieron presión para que fuera acusado por blasfemo. De esta forma, el candidato favorito pasó de acusar a gente que manipulaba el Corán, a acusar al propio Corán y ser denunciado ante la policía.

Según algunas interpretaciones, este verso hace referencia a los inicios del Islam, cuando grupos musulmanes en la ciudad de Medina habían establecido acuerdos de mutua defensa con tribus que profesaban otras religiones y que vivían en la misma ciudad, pero éstos a su vez estaban en conversaciones con otras tribus en extramuros, constituyendo una amenaza para los musulmanes y creándose un conflicto de intereses. Este verso aparece a raíz de que se le pide a uno de los líderes musulmanes que cancele sus alianzas pero él se niega. Se trataba pues de una situación concreta de amenaza bélica que no tenía que ver con un país donde la tolerancia es la norma habitual de convivencia.

Si nos remitimos a lo dicho realmente por Ahok, él alertaba contra la manipulación tendenciosa de este verso que mostraba una aparente prohibición expresa del Corán a que los musulmanes tengan como líder a alguien que no sea de la misma religión (específicamente cristianos o judíos), buscando desacreditar su candidatura.

La Ley contra la Blasfemia, emitida por Decreto Presidencial Número 1/PNPS de 1965, reglamentada con el artículo 156.a del Código Penal  sentencia a cinco años de prisión “a quien expone intencionalmente en público o comete un acto:

  1. que es esencialmente hostil, abusivo o difamatorio de una religión en Indonesia;
  2. con la intención de que las personas no se suscriban a una religión que tenga la creencia en un Dios Unico Supremo”.

De acuerdo con Amnistía Internacional, esta ley prácticamente no se usó durante el régimen de Suharto, caracterizado por una fuerte censura, y por lo tanto con escasa espacio para la divulgación de temas polémicos. Pero el 2005 y el 2014 fue empleada en más de un centenar de casos, siendo Ahok la primera autoridad que ha recibido una condena bajo esta ley.

El proceso electoral siguió su curso, mientras en paralelo se llevaba a cabo el juicio. A pesar de todo, Ahok ganó la primera vuelta con el 43% de los votos, seguido de Anies con el 40%. Ya en la segunda vuelta llevada a cabo el 19 de abril del 2017 fue evidente que la acusación había hecho mella, pues Ahok obtuvo prácticamente la misma votación, mientras que Anies pudo sumar los de Agus, el tercero en contienda. A pesar de que se había hecho evidente de que todo empezó con una grabación manipulada, el temor a lo diferente prevaleció y la idea de que “si el río suena es porque piedras trae” llevó a que otro candidato gane. No se trata de que Anies fuera un mal candidato, pero muy astutamente comenzó a emplear vestimenta más tradicional y a verse rodeado de clérigos conservadores, captando la simpatía de los sectores más radicales.

Uno de los clérigos que más fervorosamente predicaba en contra de Ahok era Rizieq Shihab, líder del Frente de los Defensores Islámicos. Tenía una prédica tan encendida que ya había sido encarcelado un par de veces por alterar el orden público. Este aparente defensor de la fe se vio de pronto en problemas cuando se descubrió que había enviado por WhatsApp unos mensajes subidos de tono a una mujer que no era su esposa, algo penado por la Ley contra la Pornografía, otra de las perlitas del sistema legal indonesio y que posiblemente pondría a muchos peruanos tras las rejas. Antes que creciera el escándalo, Rizieq optó por refugiarse en Arabia Saudita.

El proceso continuó. En los exteriores del juzgado una multitud de seguidores de los sectores más radicales ejerció una presión constante. La defensa argumentó que el juicio se basaba en un video manipulado y que justamente la persona responsable estaba sometido a un juicio por esa razón. La fiscalía por su parte, al final del proceso decidió retirar la acusación de blasfemia y limitarla sólo a la “difamación de líderes del Islam”, de acuerdo con la Ley 156. Sin embargo, los cinco jueces no tomaron en cuenta esta petición y en mayo del 2017 encontraron a Ahok culpable del delito de blasfemia por unanimidad, condenándolo a dos años de prisión efectiva. Pocos días después, tres de esos jueces fueron promovidos, levantando sospechas de un acuerdo bajo la mesa, lo que nunca pudo ser probado.

Ahok decidió en un principio no apelar a la sentencia. Sin embargo, en noviembre del 2017 el infame Buni Yani, fue condenado a dieciocho meses de prisión por violar la Ley de Información y Transacciones Electrónicas al alterar el famoso video. Por ello, en febrero de este año Ahok solicitó a la Corte Suprema de Indonesia la revisión de su condena, pues ésta se había basado en material que se ha reconocido como manipulado.

En cuanto a Rizieq, fue acusado de pornografía poco después de la sentencia a Ahok. El comentario general era que esta acusación hubiera sido imposible si Ahok no era condenado. Como se puede imaginar, no ha abandonado el Medio Oriente.

Comentarios finales

El caso de Ahok contiene elementos que no son ajenos a nuestra realidad: minorías vulnerables, mayorías prepotentes, grabaciones manipuladas, dogmatismo religioso, un poder judicial bajo sospecha. Y no hay que pensar mucho para traer a la memoria ejemplos reales. Ahora, con la Ley Tubino, habría que agregar una legislación retrógrada y un mayor riesgo de usar la ley para silenciar opiniones discrepantes o tumbarse candidatos.

En mis más de cuatro años en Indonesia tuve el privilegio de trabajar con personas de diverso credo y origen. Ni mi familia ni yo fuimos alguna vez discriminados o agredidos. La tolerancia es lo habitual en el día a día, pero situaciones como las aquí descritas muestran que en el subsuelo siempre existen corrientes peligrosas que encontrarán la menor grieta para salir a la superficie y contaminar donde sea posible.

En el caso de Indonesia, algunas leyes posiblemente bien intencionadas que buscaban asegurar la convivencia terminan siendo armas de manipulación. Y no se trata sólo de la blasfemia; la ley contra la pornografía es otra potencial herramienta para desacreditar rivales. Un ejemplo más: en la vecina Malasia se descabezó a la oposición cuando se encarceló a su líder, Anwar Ibrahim bajo el delito de sodomía; mientras tanto, el Primer Ministro, Najib Razak, no ha dado explicaciones satisfactorias de cómo 700 millones de dólares terminaron en cuentas suyas.

Es difícil cuantificar el impacto de la sentencia a Ahok en el progreso político, social y legal de Indonesia, al poner al alcance de la gente una ley que ya se ha utilizado con malas artes para socavar las libertades individuales y afectar la realidad de un país. No le hagamos un daño similar al Perú.

Lima, Marzo del 2018

Retorno

IMG_20180318_191540“He vuelto”, fue lo que pensé al salir del mar agitado y frío de Puerto Viejo, mientras dirigía mi mirada hacia el horizonte, donde suponía que debía encontrarse Indonesia. Eran los días previos al Año Nuevo del 2018, mi segunda semana de un retorno definitivo, luego de mi residencia de cuatro años en Asia. Simbólicamente las aguas de la playa de mi infancia recuperaban su lugar, cedido temporalmente al mar cálido del Indico en Bali y Lombok. Y volví a repetir esa frase cuando me detuve frente al imponente edificio centenario de la ferretería que fue de mi abuelo en la esquina de Próspero con Ricardo Palma, en Iquitos.

Volver es reconectarte con los amigos, con las alegrías y las frustraciones del día a día. Y también con los sabores, el mar y los edificios de la infancia.  Pero además ha significado retomar este blog, un espacio que tuve en silencio por demasiado tiempo.

Estando en Indonesia escribí algunos textos; sin embargo, cuando los releía no me sentía cómodo: al redactar en caliente, volcaba mi estado de ánimo y el producto era una catarsis personal impublicable (incluso inoportuna). Y si los edulcoraba terminaban como una publicación de guía de viajes. Ahora, con cierta distancia emocional y ya en otro contexto, puedo abordar las mismas situaciones con menos aprensión.

Fueron años de los cuales guardo una profunda gratitud por un país que nos acogió y que nos abrió los ojos a realidades que desde el Perú nos son difíciles de imaginar. Y en el camino sucedieron muchas cosas trataré de compartir por aquí. Ojalá lo consiga.

 

El Comité

—Ya va a ver, hermano, yo la recupero. Es sólo cuestión de estrategia. Las palabras precisas en el momento correcto y le aseguro que la Gacela se ablanda. Lo que pasa es que está confundida; una amiga le ha vendido la idea de que se puede ir a Canadá y que allá consigue trabajo fácil, en poco tiempo arregla sus papeles, estudia arte y hace la plata que no puede hacer en Colombia. Como si el dinero creciera en los árboles.

La voz de Mauricio era enfática, decidida. Guillermo lo observaba a través del espejo retrovisor con una mirada escondida tras sus gafas de montura color vino que destacaban sobre su abundante cabello blanco, lo que le daba la apariencia de científico loco. A su lado, Pablo se dedicaba a revisar los mensajes de su teléfono móvil. El tráfico era lento en esta mañana mientras la camioneta circulaba por la Westheimer Road hacia el centro de Houston. Hacía dos días que habían coincidido en esta ciudad para asistir a un seminario y, como otras veces, se alojaban en el mismo hotel y compartían los gastos del alquiler de un vehículo que se turnaban en conducir, con el placer de no tener el riesgo del cruce inesperado de un micro o una motocicleta, tan habitual en sus países. Un argentino, un salvadoreño, un colombiano y un chileno juntos en un carro, como en esos chistes donde las nacionalidades cambian por conveniencia pero siempre se trata de un avión a punto de estrellarse y falta un paracaídas.

Sigue leyendo

Un escritor colombiano

Mario MendozaEl avión es un excelente lugar para leer. Se trata, lo dije alguna vez, de un lugar en el que (aún) es posible desconectarse y entrar en un ritmo distinto al que, mientras tanto, se desenvuelve en tierra. Depende ya de uno si se dedica a esperar el sacudón que se siente primero en el estómago o se sumerge en una película o un libro. La verdad es que con tanto viaje a lo largo de los años he tenido vuelos dominados por el temor a la turbulencia (especialmente cuando por estar pronto en casa consigo adelantar el retorno y luego, ya en el aire, me pregunto si le habré hecho el juego a la parca), pero en la mayoría he visto películas memorables y he disfrutado de lecturas que han trascendido la sola experiencia del avión. De esto último trata lo que aquí paso a contar. Sigue leyendo