La última noche

Segunda:

Comprendo su molestia señor; juro que hubiera querido evitarle esta incomodidad. Usted y su acompañante irradiaban un aura de dicha que no quería arruinar por un riesgo totalmente improbable y, debo decir, embarazoso para nosotros. Nuestro cóctel de cortesía, las copas exclusivas de cristal de Bohemia, el florero con rosas rojas, las velas, la mesa en un lugar discreto, todo calzaba a la perfección. Por eso no reaccioné, para no destruir ese instante en el que quizás ustedes estaban definiendo el curso de sus vidas. Y tiene usted razón: este pequeño incendio, el corte en un brazo de la dama y su terno arruinado con cera y licor, son el resultado de mi parálisis, de haber sobreestimado las habilidades de esa rata para cruzar entre los adornos de la viga sin perder el equilibrio y caer sobre la mesa.

Primera:

Al verla quedé deslumbrado: El vestido negro con brillos dorados, hasta las rodillas, el cabello suelto que llegaba hasta la mitad de la espalda, la piel canela con un pequeño tatuaje en forma de margarita en el brazo derecho. Pero sobre todo, unos ojos que parecían los de un águila, siempre atentos al menor detalle. En el camino conversamos sobre los compañeros de la oficina y la próxima visita de un gerente de Casa Central. Trivialidades.

En el restaurante nos dieron una ubicación inmejorable, en una esquina, con una luz muy tenue débilmente reforzada por las velas que, junto con un florero con dos rosas, completaban el adorno de nuestra mesa. Susana se veía animada, la conversación fluía sin dificultad. Nos habían servido el cóctel de la casa en sendas copas de cristal azulino donde Susana observaba divertida el reflejo de la llama.

De pronto, parecía que la magia estaba a punto de ocurrir. Susana levantó, su copa y sonrió radiante, bellísima. “Es ahora o nunca”, dije para mis adentros. Y entonces tomé mi copa, extendí mi mano libre y sostuve la suya sin que ella opusiera resistencia, me miró con esos ojos que para mí lo veían todo, anhelantes, aguardando que rompiera ese silencio. Entonces me animé a declararle mi amor, con unas palabras que había repetido un centenar de veces, solo frente al espejo:

— Susana, contigo siento que soy capaz de llevar al mundo sobre mis hombros y ser feliz. Quiero que seamos uno, el ying y el yang, que construyamos una eternidad para los dos. Te amo.

Pero antes de que pudiera emitir la primera sílaba, una rata cayó del techo, volteando la vela sobre el mantel que no tardó en encenderse. Susana soltó su copa, se hizo trizas y un pedazo del cristal azulino provocó un corte en el brazo de mi amada. Mi terno acabó apestando a licor. Alguien gritó, no sé si el animal, Susana o los tres, la rata huyó a la cocina y nunca más la vi.

A Susana, tampoco.

Tercera:

Iba a ser otra noche perfecta en el Mamma Rosy. Faroles adosados a las columnas de madera envejecida emitían la cantidad justa de luz para crear una atmósfera íntima, que entonaba con la vela y el florero que completaban la sobriedad del decorado de cada mesa. Vigas, también de madera, cruzaban el salón principal y sobre ellas Donna Rosa, la dueña, había colocado pequeñas vasijas de cerámica blanca con paisajes de intensos colores, típicas de su Toscana natal.

Cocineros y mozos trabajaban con una armonía que sólo se consigue con práctica, como en una orquesta. Desde la barra, Alfredo, el administrador, observaba cómo su equipo estaba ayudando a crear, como todas las noches, momentos especiales, ojalá que felices, quién sabe si únicos.

De pronto, una ligera sombra en el techo capturó su atención: Una mancha negra se desplazaba entre las vasijas de una de las vigas. No tardó en comprender que se trataba de una rata, que avanzaba sigilosamente con dirección a la cocina, procurando pasar desapercibida.

Por un segundo, Alfredo pensó en alertar a los clientes, pero inmediatamente reflexionó sobre el prestigio del Mamma Rosy: una alimaña en un restaurante es la clase de noticia que vuela y mata un negocio. Entonces se limitó a seguir la trayectoria del roedor confiando en su sigilo. Observó las tres mesas que estaban exactamente debajo de la malhadada viga, todas ocupadas por parejas. Durante una eternidad el animal pasó sobre las dos primeras con una destreza que hizo pensar con disgusto a Alfredo que no era la primera vez que usaba esa viga como puente. Sólo faltaba una mesa, donde una pareja joven estaba en la primera copa. Ella llevaba un vestido negro con puntos dorados que reflejaban sutilmente la luz de los faroles, mientras que el hombre vestía un terno cuyo color estaba entre el tabaco y el petróleo. Se miraban embelesados, tomados de la mano, con una copa en la otra, a punto de brindar.

A la rata le faltaban sólo dos vasijas y Alfredo, con los nervios de punta, la alentaba mentalmente a que llegara invicta a la meta. Pero algo pasó sobre la viga: el animal se sintió observado, titubeó, perdió el equilibrio y se desplomó como una piedra con pelos, cayendo directamente sobre la vela, lanzando un alarido que fue seguido por los de los novios. Alfredo, impotente, veía cómo se incendiaba el mantel, se caía el florero, las copas se hacían pedazos, un brazo de la mujer sufría un corte y el licor terminaba en los pantalones del novio. El animal, herido y chamuscado, huyó hacia la cocina perdiéndose de la vista de Alfredo, quien comenzaba a entender, resignado, que estaba siendo testigo de la última noche del Mamma Rosy.

Lima, Abril del 2020

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