La resonancia

Cuando se despertó eran como las seis de la mañana y el bus avanzaba sobre una cinta negra perfecta, sin curvas, que cruzaba un arenal difuso envuelto por una espesa camanchaca, señal de que Tacna no quedaba ya muy lejos. Alfredo se estiró, comprobó que nada había ocurrido con su mochila, abrió un paquete de galletas y lo acompañó con el último jugo de naranja. Lo etéreo del paisaje lo llevaba a retomar los pensamientos con los que se quedó dormido luego de tomarse lo que quedaba de la botella de pisco que había comprado en Ica.

Esperaba pronto tener señal para llamar o al menos dejar un mensaje a Claudia. ¿Fue buena idea declararse justo antes de asumir este trabajo como ingeniero en la construcción del nuevo hospital de Tacna? Cuando lo hizo parecía la mejor decisión, pero un viaje junto a un mochilero que no hablaba español le dio muchas horas para pensar y dudar. La quería (o creía quererle) y por eso mismo le parecía injusto condenarla a un novio ausente. Además, ¿podría él mantenerse firme sabiendo que la camaradería en la obra implicaba ciertas transgresiones? ¿Sería capaz de regresar airoso a Lima y mirarla a los ojos? De cualquier forma, habría mucho tiempo para pensar, por lo menos un mes antes de su primera semana libre. Así que por ahora tenía que enfocarse en su nuevo trabajo.

Al llegar a la ciudad se dirigió a la pensión que le habían recomendado en el centro, no lejos de la Avenida San Martín. Era domingo; al día siguiente debía presentarse en la obra. No quería dejar pasar ningún detalle, así que revisó todo lo que usaría al día siguiente: Las botas con punta de acero, perfectamente lustradas, el chaleco reflectivo que usaba como cábala desde la universidad, los anteojos de seguridad Bollé, regalo de un tío que vivía en Miami.

Faltaba el corte de cabello. La prolongada despedida en Lima le hizo olvidar que quería hacerlo antes viajar. No es que fuera una exigencia, pero le disgustaba cómo se veía cada vez que se quitaba el casco, especialmente en la zona de las patillas, donde los rulos castaños formaban un revoltijo delante de las orejas, lo que le recordaba a algún payaso de la niñez. La ciudad recién empezaba a activarse y decidió buscar alguna peluquería para zanjar ese tema de una vez y descansar el resto del día. Antes llamó a Claudia; la sintió tranquila aunque un poco cortante, quizás porque era domingo por la mañana o porque de repente ella, al igual que él, había empezado a hacerse preguntas incómodas. Se despidió con cautela y salió.

Eran como las diez. Alfredo encontró un local abierto en la calle General Deustua; era una construcción angosta, posiblemente centenaria, con el típico techo de mojinete que sólo había visto en el sur del Perú. No tenía clientes; lo recibió amablemente una señora que resultó ser la dueña. Le comentó que acababa de abrir, que normalmente los domingos eran un poco lentos y por eso sus ayudantes tenían permiso de llegar a las once, pero que ella prefería estar desde las diez para revisar que todo esté en orden y eventualmente atender a algún cliente “tempranero”, como él.

Era una mujer de unos cuarenta años, un poco más baja que su nuevo cliente, de piel ligeramente bronceada y cabellos largos teñidos de castaño con rayos dorados. Llevaba un mandil de trabajo que ocultaba su silueta. Alfredo vaciló por un instante, temiendo que un local vacío no fuera una buena elección para su primer corte de pelo en Tacna, pero le costaba articular un pretexto, así que terminó sentándose en una de las sillas frente al espejo que cubría completamente una de las paredes.

Se llamaba Amanda y tenía ese negocio hacía tres años. Cuando supo que Alfredo era de Lima comenzó a contarle que tenía una hija que estudiaba Agronomía, que había sido muy buena alumna en el colegio y que vivía con una tía en la capital. Estaba orgullosa de que la peluquería le permitiera pagar la universidad. Alfredo, por su parte, le contó que acababa de llegar para el proyecto del nuevo hospital, que estaba en una pensión no muy lejos y que al día siguiente empezaba a trabajar.

La conversación continuó. Alfredo le habló de Claudia; Amanda, sobre su marido que trabajaba en Cuajone y que seguramente le tocaba descanso la siguiente semana, “pero a veces tiene que reemplazar a alguien y posterga su bajada”. Ella doblaba en edad a su cliente, pero la charla estaba diluyendo esa diferencia. Era como si se hubieran encontrado en un punto medio, con un Alfredo diez años más maduro y una Amanda rejuvenecida una década. Cuando ella comenzó a bromear acerca de los rulos de Alfredo (“deben volver locas a las chicas”), él soltó una risa franca (“tú eres la primera que lo menciona”). Cuando cayó en cuenta que la estaba tuteando, Alfredo se puso serio y Amanda guardó silencio: jugaban con fuego.

Alfredo observaba inquieto el espejo, buscaba un punto en el infinito donde dirigir sus pensamientos pero rápidamente regresaba al rostro de la peluquera. Hubo un momento en que no pudo dejar de mirarla y parecía que ella lo sabía, en una sincronización que lo llevó a recordar la resonancia, ese fenómeno por el que un viento leve sobre un puente, es capaz de provocar vibraciones tan intensas que lo arrastran a su irremediable destrucción. Trataba de pensar en Claudia y no podía; detrás de él una mujer real parecía sonreírle, le acariciaba la cabeza mientras desplazaba la tijera entre sus mechones y él se preguntaba si sólo eran percepciones erróneas o si de verdad estaba recibiendo señales que su juventud aún no le permitía procesar completamente.

Amanda secó el cabello e hizo los últimos retoques. Cuando terminó, él se levantó de la silla torpemente, aturdido, pero pudo atinar a sacar del bolsillo un billete de veinte soles. Dudaba en dar propina porque quien le había atendido era la dueña; finalmente se abstuvo. Cuando lo iba a entregar, Amanda se acercó con una tijera pequeña y comenzó a retocarle las cejas. No se lo esperaba; era algo que jamás habían hecho con él, y para Alfredo fue inevitable fijar la mirada en los grandes ojos negros de Amanda, mientras sentía su respiración y la atmósfera de un perfume dulzón lo envolvía como el vaho de una fuente en ebullición. Estaba paralizado: el espesor de una hoja de papel era mayor que la distancia entre ambos cuerpos, por lo que un leve movimiento provocaría un contacto de consecuencias que Alfredo no había tenido tiempo de pensar. La decencia le aconsejaba mirar a la nada pero más pudo la serena sensualidad de la mujer, y en los eternos segundos que siguieron, exploró desvergonzadamente sus mejillas bronceadas, la nariz ligeramente aguileña y los labios pintados de fucsia pero que ya en ese momento podían ser de cualquier color y aún serían perfectos. Ella se sabía observada, pero no daba señales de incomodidad; por el contrario, prolongaba el acicalamiento como aguardando que Alfredo tomara una iniciativa distinta a la que se espera de un cliente. Un suspiro, un movimiento hacia adelante, un beso, algo que llevara las cejas a un segundo plano, que los secuestrara de sus vidas previsibles, de la novia en Lima y del esposo en Cuajone.

De pronto, una mujer y un niño entraron al local, y fue como si detuvieran esa brisa que provoca resonancias. Se sintieron descubiertos; Alfredo giró rápidamente la cabeza y sintió un leve tirón en la ceja derecha, pues Amanda se había quedado inmóvil, aún con la tijera. Luego, ella retrocedió un paso, mientras él se reconectaba con la realidad. Recordó el billete, extendió la mano, lo entregó esbozando una leve sonrisa. Ella lo recibió con un “gracias” apenas perceptible: eran los ojos los que gritaban, transmitiendo a la vez una profunda melancolía. El comprendió (creyó comprender) el mensaje silencioso de la mujer, se dirigió hacia la puerta y la cruzó por última vez.

Lima, abril del 2020

Un pensamiento en “La resonancia

  1. “Creyó comprender el mensaje…” Lamentablemente, a esa edad, la mayoría de los mensajes silenciosos son malinterpretados, motivo de muchas historias que nunca se dieron.

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