Mayestik

IMG_1330Cada vez que despertaba en Tarma, en la mañana de mi retorno a Lima, salía del hotel y tomaba el camino opuesto, que lleva a Acobamba, para detenerme en el gran campo ferial donde los agricultores de la zona llegan para vender sus productos. A pesar de que había que apresurarse para no quedar atascado en el tráfico de la Carretera Central, difícilmente salía en menos de una hora, pues mi lista mental se iba expandiendo conforme avanzaba de puesto en puesto: papayas, naranjas y plátanos de Chanchamayo, granadillas de Carpapata, papas de formas y colores que jamás vería en Lima y que llegaban de las zonas altas, choclos de granos gigantescos que prometían un festín con el queso que habría de comprar más tarde al pasar por La Oroya. A veces no tenía tiempo de llegar hasta la feria y me contentaba con el mercado central de la ciudad, donde la variedad de productos podía ser menor, pero como compensación se agregaba la oportunidad de conseguir un buen corte de carne de res, adecuadamente empacado para resistir la jornada hasta la costa.

Sean alimentos o cualquier otro artículo, esa búsqueda fuera del supermercado me acompaña muchos años, desde las visitas que alguna vez hice a la avenida Abancay con mi abuelo Eliseo cuando yo era un niño. Ya convertido en padre de familia, esto me ha llevado a alternar mis visitas a Wong o Plaza Vea con incursiones en Santa Anita o el Centro. El ahorro sin duda era un motivador de peso, pero había algo más, ya que no era extraño que la satisfacción de la economía fuera pasajera, pues tras una agotadora mañana buscando útiles escolares en el Mercado Central solía terminar con Miriam en el San Joy Lao de la Calle Capón, gastando sin remordimientos en la mejor comida china del mundo.

Al venir a vivir a Jakarta, las recomendaciones clásicas que recibe todo expatriado están referidas a cómo movilizarse, dónde ir a comer, dónde ir de compras. Por lo general se trata de sugerencias conservadoras, que comprensiblemente buscan reducir cualquier riesgo: contrata a un conductor, ve a un mall, ve a un mall. Al principio las seguimos al pie de la letra, pero conforme nos fuimos acomodando empezamos a expandir opciones, gracias a experiencias de otros o por curiosidad propia, buscando sentirnos cada vez más en control de nuestras vidas en esta ciudad.

Emy, una señora indonesia que se había hecho amiga de Miriam, se ofreció a acompañarnos a Mayestik, un mercado al que ella iba cada quincena y en donde hacía sus compras evitando ir a lugares como Carrefour o Hypermart. Eso sí, nos recomendó ir muy temprano para evitar aglomeraciones y nos advirtió que no era un sitio muy limpio. Así que un sábado a las siete de la mañana nuestro conductor, Pak Gondo nos llevó a recoger a Emy para luego dirigirnos hacia Mayestik.

Por la hora el tráfico era muy ligero, lo que nos permitió llegar en poco tiempo a una zona poco estética, llena de locales comerciales, muy similar a los alrededores del Mercado Central en Lima. Mayestik propiamente es un edificio ocupado por puestos de ventas en áreas definidas según los productos (plásticos, telas, abarrotes, vegetales, carnes, etc.). Por lo que nos había anticipado Emy, yo esperaba tener que lidiar entre comerciantes embaucadores, caminando a lo largo de pasillos embarrados, esquivando una que otra rata (asumía que si las había visto en un supermercado bastante exclusivo y en un Starbucks, no debían sorprenderme en aquel lugar); por el contrario, encontré un ambiente razonablemente limpio, ordenado y seguro, con vendedores muy atentos, con los que era posible dejarse entender con unas pocas palabras de indonesio, una calculadora y algo de inglés (y Emy, por si algo quedaba en el aire). Si no fuera por el idioma el proceso de compra habría sido idéntico al de Lima o Tarma, a pesar de que para todos era evidente que éramos bulés y no faltara el vendedor que esbozara una sonrisa socarrona y nos saludara con un hello, Mister.

Luego de pasar por los puestos de frutas y verduras donde era fácil detenerse indefinidamente preguntando acerca de los nombres y los usos (algo difícil de hacer en un supermercado porque no hay a quién acudir) y uno podía conseguir plátanos, melones, sandías y carambolas más frescas y a mejor precio, nos dirigimos hacia la zona de carnes donde, entre puestos con reses colgadas, en una esquina apartada, había un sólo comerciante que ofrecía carne de cerdo. Siendo Indonesia un país predominantemente musulmán no esperaba encontrarme con un lugar (aunque fuera nada más uno) que tuviera ganchos con longanizas, costillares, lomos y bondiolas. El dueño del local era un hombre de ancestros chinos, nacido en una pequeña isla al norte de Sumatra; llevaba ya cinco años en Mayestik y tenía una clientela casi fija, especialmente chindos, como se conoce coloquialmente a los indonesios de origen chino y que por lo general son budistas o cristianos. Le dijimos que desde este día también tendría peruanos.

Un poco más allá estaba el área más pintoresca: la de pescados y mariscos. En un archipiélago es entendible que todo lo que tenga escamas sea importante en la alimentación cotidiana de los indonesios. El problema con los peces es que la variedad es tan grande que es difícil preguntar usando nombres que del español salten al inglés y de ahí al indonesio. ¿Cómo averiguar si tienen liza, toyo, merluza o cojinova? Sólo me aventuré a consultar si había lenguados, aprovechando que era fácil describir sus dos ojos en un solo lado del cuerpo; así me enteré que raramente llegaban a Mayestik, pues por su calidad son muy buscados y los restaurantes los adquirían en el terminal pesquero en el norte de Jakarta.

Algo que llamó mi atención fue la abundante presencia de peces de agua dulce, especialmente tilapias provenientes de piscigranjas que nadaban en estanques de un par de metros de diámetro, tranquilas, ignorantes de su inminente final. Otras peceras contenían camarones, langostinos y ciertos animales similares que sólo he visto en la película Alien, parecidos a una mutación de ciempiés y lombriz. Seleccionamos una tilapia, la que el vendedor hábilmente capturó con las manos, introdujo en una bolsa a pesar de los aleteos del pobre animal, pesó, aplicó un par de mazazos en la cabeza y fileteó. Como para no contarlo durante la cena.

Luego de pasar un par de horas salimos de Mayestik y ubicamos a Pak Gondo, satisfechos con lo conseguido. Habíamos ido al mercado como los indonesios, casi como lo hacíamos en Lima. Internamente agradecía que hubiéramos llegado a este país ya con el hábito de buscar más allá de las góndolas de un supermercado. Para nosotros era un paso importante para hacer de Jakarta un lugar cada vez menos ajeno, al que podamos llamar hogar mientras dure esta aventura.

 

Jakarta, Mayo del 2014

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s